24.5.16

Polvo en el aire


Voy taconeando por la acera a las ocho de la mañana. En el restaurante de comida rápida un muchacho desgarbado limpia los cristales. Miro adentro. Me miro el reloj. Decido que no voy a entrar. Sigo taconeando calle arriba, abriéndome paso entre los estudiantes y los billeteros, luchando con mi cartera y el vuelo de mi vestido; estamos en marzo y la brisa de cuaresma parece que se estira sobre las copas frondosas de los árboles, se desliza sobre el piso y levanta un polvo cargado de diminutas piedras.

Vuelvo a mirarme el reloj. El problema de la distancia aún es salvable. Vuelo 860, asiento 22F.  Pienso que ya ha pasado mucho tiempo. Que el taconeo terminará pronto sobre el alfombrado. Que me sentaré pegada de la ventanilla procurando que el ruido de la turbina ahogue el delgado soplo de aire entre mis dientes mientras lo imagino sujetándome contra la puerta de la cabina, poniéndome de espaldas, subiéndome el vestido, esperándome.

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