lunes, 7 de abril de 2025

Entierros

Nadie acaba en la tumba; solo los huesos o el polvo están ahí.

William Saroyan


Antes de enterrarlo, estuve tres meses viviendo con su cadáver.  Aunque lo decidí sin dudarlo, nunca logré asimilar el sobresalto de la muerte ni el espanto de haber vivido noventa días junto a un cuerpo podrido.


Váyase por aquí a la derecha, y hasta el final del pasillo después de la doble puerta, toque el timbre, y le abrirán, las neveras están allí.


Ese día fui a reconocer sus restos, con toda la intención de llevármelos. Salí de la morgue empujando la camilla metálica donde yacía.  Atravesé el pasillo solitario, y doblando a la izquierda saludé al enfermero que hacía su guardia. Esperé unos segundos antes de que se abriera la puerta del ascensor. Bajé hasta el vestíbulo en dirección al estacionamiento, y me lo llevé a casa.


Técnico de terapia respiratoria clave verde, técnico de terapia respiratoria clave verde.


No podía llevarlo conmigo a todas partes, tenía que dejarlo en la casa, acomodado en algún rincón, pero me mortificaba la idea de salir y dejarlo solo, esperando por mí, él, que ya sabía lo corto que era el tiempo. Al principio lo mantuve amarrado a una silla, frente a la mesa. Pero luego lo transportaba conmigo por toda la casa. Qué doloroso era mirar su cara amarilla y dura, sus ojos abiertos y su boca buscando aire.

La hora de la comida se volvió un espectáculo de insalubridad. Sentado, mirando al vacío, ponía la mano derecha sobre la mesa y rehusaba probar bocado. Los gusanos habían comenzado a salir por los orificios de su cuerpo y el olor nauseabundo de su piel descompuesta invadía mis fosas nasales, induciéndome al vómito. Todo el alimento servido terminaba en la basura. Después preparaba café y volvía a la mesa. Aunque él no decía palabra, todo lo que yo hablaba le parecía bien.

En verano su olor fétido aumentaba, sobre todo en agosto. El pelo, ya más negro, por un extraño motivo comenzó a transpirar, y parecía que tenía gotas de rocío en la cabeza. Se me hizo complicado vestirlo, así que lo cubrí con una manta.


Decida qué ropa le quiere poner, no serán necesarios los zapatos, el proceso de embalsamamiento tarda alrededor de dos horas.


Lo más difícil de mantener en la normalidad fue el sexo. Mis encuentros ocasionales se vieron accidentados a causa del cuerpo indeseable que cargaba conmigo. Con mi cuerpo en posición de perro sobre la cama, el hombre se retorcía de asco viendo el cadáver reclinado en una esquina mirando hacia la pared. Me agarraba las nalgas y empujaba con fuerza mientras miraba al techo sosteniendo la respiración. Luego exhalaba y gritaba ¡oh, Dios! Yo intentaba distraerme de la imagen del cadáver, exagerando mis gemidos, pero el olor putrefacto invadía todo mi ser. El hombre se marchaba con un te veo luego. Yo me sentaba en la escalera de la cocina a fumarme un cigarrillo y a mirar los pájaros picoteando los mangos que se caían al suelo.

Así pasaban los días y me aterraban las noches, en espera del momento decisivo para enterrarlo. Yo quería dejarlo conmigo otro día más. Puedo ponerlo por ahí, donde no estorbe. ¿Me verá llorar? ¿Me verá? Preparé una cama en el piso con un edredón. Puse una almohada y una sábana. De noche dejaba la televisión encendida a bajo volumen y dormíamos él y yo bajo la tenue luz azul y las voces susurrantes. Me estremecía la sensación de imaginarlo bajo tierra, la ceremonia de bajar el ataúd, las sogas hiriéndome las manos, las manos que me sangran y que trato de limpiar una con otra para poder quitarme la tierra que me cae en los ojos, porque es tanta la fuerza que empleo para bajar el féretro que caigo al vacío, rendida. Luego despierto aturdida por las cortesías de los saludos fúnebres.


Llegó el día. Él hacía rato que se había levantado, y estaba sentado a la mesa del comedor, vestido con manga larga y corbata, listo para salir. La piel había comenzado a desprendérsele de las manos y eran visibles sus falanges. Guardé en el armario la cama improvisada. Fui a la cocina y me preparé un café. Al sentarme a la mesa tropecé con la silla y el café bailó en la taza.


El hoyo me parecía muy estrecho para el tamaño de la caja.


Quise preguntarle para dónde iba, pero en lugar de eso preparé desayuno para ganar tiempo. Hice huevos revueltos con panceta y queso fresco y corté rebanadas de pan dulce que puse a calentar en el sartén. Recordé que había mangos de miel en el patio así que fui por unos para servir trozados sobre las rebanadas de pan. Él esperaba sentado a la mesa, irrebatible. Yo entraba y salía de la cocina, tratando de retrasar la mañana todo cuanto pudiera porque sabía que una vez sirviera el desayuno el final estaría cerca. Ya él estaba vestido y se tenía que ir. Ya no lo vería más. Entonces sería solo la sospecha de una presencia, un susurro del viento.


Ahí iba metido en esa caja, ahí metido con el sol que hace, metido en esa caja con las manos cruzadas, a lo mejor quiere moverse y no puede.


Salió caminando como mejor pudo hasta la puerta, dejando un rastro de fluido gelatinoso y maloliente. Llevaba la camisa blanca manchada con sus secreciones, y tratando de apoyarse en la pared sus falanges cayeron al piso. El sonido de los huesos todavía retumba, día tras día, en mi cabeza. Crucé la puerta detrás de él. Recuerdo que ya era mediodía cuando por fin pude enterrarlo.


Abrí mi mano sobre la mesa y sentí la madera fría. Bebí el último sorbo de café. Me quedé un rato mirando las sobras del desayuno. Recosté la cabeza en el arco incómodo de la silla. Cerré los ojos y la casa me fue cayendo encima, oscura y angosta, como una tumba.


Obra de Léon Spilliaert







(Cuento seleccionado para la edición Penumbria Corporal de la revista Penumbria #63. Esta entrada contiene correcciones posteriores a la publicación en Penumbria)

miércoles, 1 de enero de 2025

Emoción de amor

Amor ya no podría
amar a nadie más.
Aunque tú me obligaras
y me pusieras un puñal en el pecho.
Aunque me ataras de las manos
a tu caballo blanco
y me humillaras arrastrándome
hasta llevarme fuera de la ciudad
y dejaras mi cuerpo sangrando
sobre el polvo a pleno sol.
Es ridícula y anticuada
esta emoción de amor,
sabes que es improbable que hable en serio.
Aunque después de cada orgasmo,
estoy segura,
te entusiasma la idea.











Imagen: Foto de Ewa Brzozowska

miércoles, 25 de marzo de 2020

Por ley



Quisiera ser 
tan  pequeña  que cupiera
en ese espacio en tus manos
que divide tus dedos,
sentarme
- y moverme -
sobre los nudillos
de tus dedos largos;
sería tan pequeña
que podrías acariciarme
con tu pulgar 
de arriba a abajo.
En el fondo,
eso quisiera ser para quererte
pero debo respetar
la ley de mis dimensiones.


Imagen: Obra de Milo Manara

miércoles, 31 de octubre de 2018

Precipicio

No.  Mi olor no está en las paredes
ni debajo de la mesa.
Tampoco estoy al borde de la silla;
no estoy en esas sábanas.

Qué tristes tus ojos de perro.

No.  Mi olor no está en las calles
ni en el aire.
No.  No mires hacia abajo, 
no saltes.

Obra de Nicola Samori

domingo, 30 de septiembre de 2018

La ceniza

Busco en su cara tu cara
igual que palpa un ciego las paredes
mientras camina para no caer.
Busco frente a su cuerpo tu cuerpo,
tus piernas trenzadas con las suyas,
sus manos en tu espalda.
Casualmente la encuentro por la calle
y te veo
en su mirada que no mira.
La veo y busco en su cara
el rastro de tu sudor,
algo de tu saliva,
un poco de tu semen
y me resbala por los dedos la ceniza
de la materia que todavía se consume.


Obra de Olga Gerasimova







jueves, 16 de agosto de 2018

Diría que no


Diría que no muero.

Que mi esqueleto sigue
teniendo sensaciones
junto con mi piel.

Diría que subsisto.

Pero aquí estoy y muero,
contando los respiros
mientras tú me vigilas,
saqueador de cadáveres.

lunes, 16 de julio de 2018

Intento

He dejado de ser yo;
siento frío en los pies
aun detrás de la cortina,
la piel, babosa y frágil,
se retuerce debajo de las piedras.
Me busco y no me encuentro
en esta casa que es una caverna
donde aún no existe el fuego
y esa otra que soy yo
mira desde la oscuridad
tratando de dar palos al agua.



















Imagen: Obra de Karina Marandjian
http://15545.portfolio.artlimited.net/

lunes, 3 de julio de 2017

Un lugar en la nada





















No poseo otra cosa que la voz
quebrada por el agua de la ausencia.
Esta voz que pronuncia
los nombres de estas calles
en donde nada es mío.
Esta gente construye las paredes
y escribe con sus manos
en las tablas, que son suyas,
desde ahora y para siempre.
Delimitan un patio y plantan árboles
y ese árbol es suyo y esa sombra.
Cruzan la calle porque nada pierden;
son suyos los semáforos y el aire,
las señales de tránsito y el césped,
este carril y el otro y esta curva.
Yo camino y observo
y por este pasillo hay zafacones
y nieve acumulada
y puertas que no abren y algo roto
y casas que eran suyas 
que abandonan y venden y otra casa.

sábado, 18 de febrero de 2017

Esa extraña manera de querer




Te quiero, sí. Pero déjame que te explico. Hay momentos en que quiero guardarte entre mis cosas; ponerte entre las páginas de un texto de Bukowski (que me gusta mucho); meterte en la nevera para más tarde – te dejaría sobre la mesa, pero el calor... no sé -  Te quiero, claro que sí. Pero es que también quiero mi cepillo de dientes, mi bolígrafo, mi desayuno y mi helado de fresa. Lo cual no significa que no te quiera, solo que a veces quiero ser una persona, de esas que van al baño, de esas que no contestan las llamadas, que quieren sexo a veces. Una persona así, fuera de la vitrina o del velo con que me cubres. Que querer no es de las cosas que uno hace todos los días.




dada4you.tumblr.com

lunes, 4 de julio de 2016

Made in China

Esta ciudad es como una pulguilla
en donde todo sirve y todo es como nuevo.
Tiene casitas de ladrillo y tazas de café,
cerezas y aguacates y sandías
y paletas de helado y cigarrillos
y hay charcos en la calle y tiene flores
en todas las aceras y en las casas.
Esta ciudad es como un rastro
de cúpulas de iglesia y crucifijos,
de bolsos y zapatos y pantuflas,
de libros en inglés y abrigos y bufandas.
Es como abrir la puerta de un prostíbulo
y ver culos y labios y entrepiernas
abiertos a la luz y saxofones
y fuegos en el aire, artificiales.
Esta ciudad se muere y resucita;
está si abro la puerta, y se me ofrece
si pienso en un objeto necesario.
Esta ciudad es útil
para tragar el llanto como se traga el aire
y es como una navaja carcelaria:
traidora y solo un golpe.