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Hay un gato violeta
aplastando mi vientre,
una avispa de vidrio
mordisquea mis labios
libando entre mis piernas,
mosquitos escarlatas
zumban en mis oídos
babeando miel rosada:
llevo miles de años orbitando
dentro de este vivario de cristal.
De vez en cuando distingo
la figura distorsionada de un hombre
y vibro de ilusión, porque recuerdo
que en el antiguo mundo
toda forma de vida se ha extinguido;
por eso me emociona
que alguien observe
mientras los cables vivos
de una medusa eléctrica
flotan sobre mi cuerpo;
dulces descargas hormiguean en mi ombligo
y evaporan el rocío que lo cubre.
Los animales vuelan, trepan, se arrastran.
Mi cuerpo yace, transpirado y húmedo.
Una culebra azul se me mete en la boca
y sale por mi oído,
mis pezones erectos reciben su mordida;
luego me arrulla el canto
de grillos nacarados.
La figura del hombre sigue ahí,
hace ruidos extraños
que traspasan la falsa atmósfera;
juraría que gime.
¿Han pasado para él miles de años?
Quiero yacer sobre este musgo espeso
mientras el cielo rojo me cubre con sus lunas
y la noche succiona con fuerza mis respiros
provocándome espasmos.
No quiero
aplastar mi cara contra el cristal de este vivario,
descubrir el encierro
y no dejar de ver al hombre
que hace extraños sonidos.
No quiero ver
cómo alza los brazos al cielo,
cómo ve
que no me puede alcanzar,
cómo se queja...

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