16.6.15

La boca de la seta

Un hombre se metió por la ventana. Ahora recordaba que anoche había dejado la ventana abierta. Había pasado el día acicalando el jardín, arrancando las matitas silvestres, las hojas secas; recogiendo los pétalos marchitos que caían dentro de las macetas. Y allí, pegadas a las tablas, habían crecido unas setas. Pero no le dio importancia a la posibilidad de que fueran venenosas; estaba cansada y tenía las manos sucias, y hacía calor. Después de cenar se metió a la cama, con la inquietud de que olvidaba algo, vencida por el sueño. Y ahora había amanecido y estaba segura de que un hombre había entrado por la ventana que, ahora sí recordaba, había dejado abierta. Ella se incorpora, presta atención. El hombre camina. Oye los pasos que se acercan a la puerta de su habitación. Ve moverse el picaporte. Ve la puerta abrirse. Y la cama era suave, y las sábanas, limpias, y la boca de ella estaba llena de besos para derramar en la boca del hombre, que en su intento de trepar por la ventana se había caído de bruces sobre las setas.



Imagen: Obra de Jenny Viljaniemi

14.6.15

La otra

Mi cuerpo ya no es cuerpo;
juega a que se desviste,
pero sangra.
Los encajes se enredan en mis huesos
hechos astillas y tendón y alambres.
Mi cuerpo era tan suave
pero sangra.
Mi boca no es mi boca,
es extensión
de otra boca y su lengua.
Todo en mí es simplemente
coágulos que revientan,
capilares que, rotos, se deslizan
desde mi cuerpo abierto
que no es cuerpo
sólo un trozo de algo
que me sangra.




13.6.15

Sentada


No permanecer
inanimada y frágil y obsoleta.

Intrascendente.

Gritar por el oxígeno
mientras las gotas hacen ruido
sobre el plástico.

No permanecer.

No quedarme aquí
ladeando la cabeza
y esperando
igual que sigue las instrucciones
un perro.

Morir por la boca

Tengo vertebras dentro de la boca,
el peso insistente de una rodilla
y el filo de una uña cercenada;
las comisuras han perdido el trazo
siguiendo cada labio.
Hay metatarsos dentro de mi boca,
sígueme entrando más,
me faltan los talones.
Luego sal, pronto,
de golpe y desgarrando,
como un anzuelo.

Fotografia de Kishin Shinoyama

Jaula

A veces me pregunto quién pudo ser capaz de colocarlo ahí adentro, servirle pequeñas raciones de comida y observarlo con indiferencia sabiendo que se muere por volar en espacio abierto. Los pajaritos se posaron en el alféizar y picotearon migajas de pan. Adentro, el pobre hombre veía la televisión.


Animal

Siempre tiemblo cuando llega la noche. La oscuridad es densa pero aún puedo ver los dientes afilados, el hocico babeante. Oigo el sonido ronco de su respiración y percibo el modo violento de mover su enorme cuerpo mientras camina los pequeños espacios de la casa. Mi pulso se acelera, la ansiedad me duele y tiemblo cuando por fin veo que expande su tórax, de un salto saca las garras, se encorva y me protege del frío.
Obra de Livio Moiana






Suplicio

Sólo un beso, suplicó ella desde el cerco de tablas. El se acercó tembloroso y la aprisionó entre sus piernas. Las plumas flotaron alrededor de ambos, hasta que ella sintió girar el cuello y expiró.








Preámbulo

El tono blanco de su piel resaltaba sobre el panti de encaje gris. Su cuerpo parecía brotar del gris de las paredes, y cuando se acercó a la cama parecía que se elevaba sobre los tonos grises de las sábanas. Él la esperaba, gris, duro y fuerte y ella estaba decidida a montarlo. Pero justo en ese momento alguien apagó el televisor.


Obra de Livio Moiana

Invasión

Hay que tener cuidado de ellos – hablaban cautelosas – son capaces de entrar por donde menos lo esperas, apoderarse de los espacios y arruinarlo todo. Afuera los dueños de la casa daban voces para que los dejaran entrar. Pero de nada les serviría; las hormigas habían trabajado toda la mañana sin cansarse, clausurando puertas y ventanas y ahora descansaban a la mesa, sin inmutarse, tomando el té.



Noticia de última hora

Buscando un poco de sosiego decidió que iría a leer al parque. Nadie la miraba. Con el índice de la mano izquierda marcó la página veinticuatro. Con el reverso de la mano derecha se daba golpecitos en la frente arrugada, para recoger el sudor. De verdad que nadie la miraba. Se irguió, hasta donde la espalda encorvada se lo permitía. Se acomodó un poco el vestido, y caminó triunfal.


La primera vez

Obra de Catrin Welz Stein
Ella se enamoró de una palabra. No podía sacarlo de su mente. Ni su olor a colonia, ni su camisa blanca, ni sus zapatos de charol. Le escribiría cartas. Le dedicaría poemas. Le diría que lo amaría siempre, y que ella sería sólo suya. Así que se levanta, abre la puerta, dispuesta con su corpiño y sus medias de seda negra. El hombre la tira en la cama, se baja el pantalón, y mientras él entra y sale de ella y le jadea en la cara, en ella late la palabra de aquel que vino ayer, así, así, así.





Unos días en Amnios

Aquellas paredes eran transparentes y elásticas. A través de ellas podía ver el nacimiento de las trombas y la caída de las cataratas. En las tardes me sentaba a ver pasar las nubes plateadas mientras me tomaba un café. A veces iba a la tienda por calamares o por alguna golosina. Era tan agradable sentirme flotando cuando salía de paseo; algunos me saludaban, unos me sonreían con asombro, otros me miraban con tristeza, la misma tristeza que sentí al decirles adiós con la mano cuando me recogió el buque de la Guardia Costera. En cubierta, alguien se llevó las manos al rostro y dijo “sí, es ella”.




Deshabitada

Quitó primero las cortinas y los cuadros. Guardó todos los objetos en cajas que rotuló cuidadosamente: cristal, porcelana, plata, bordados. La casa fue creciendo ante sus ojos, ya sin sillas, sin camas, sin mesas, cubriéndose de partículas de polvo casi inmediatamente. Entonces, mientras miraba al alto techo, el médico maniobraba sobre su abdomen, suturando los treinta centímetros de la incisión. Los muros cayeron luego, poco a poco, todo fue cuestión de tiempo.


Entre líneas

Las cornisas de la antigua catedral están marcadas por desagradables líneas de cagada de pájaros. Hubo un tiempo en que quisieron ahuyentar a las molestosas aves para corregir el obsceno aspecto del majestuoso edificio y colocaron navajas sobre las cornisas. Al ver las navajas centelleantes a la luz del sol, los pájaros, desorientados, revolotearon un rato alrededor de las columnas, pero encontraron la manera de volver a acomodarse. Con el tiempo volvieron a formar las desagradables líneas, sólo que mientras insistían en recuperar su espacio, de las cornisas resbalaban otras líneas, gruesas y oscuras, como de sangre.




Sanatorium

La habitación de castigo del colegio de monjas era un recinto amplio, con una puerta de entrada y otra puerta más al fondo. Allí me llevaron una tarde; aquella niña de las trenzas. Por la puerta de fondo, decían las monjas, entraría la persona que me llevaría lejos de mi casa para siempre, como pago a mi mal comportamiento. Sentado en la única silla yo miraba el reloj. Con los pies hacía círculos en el piso. Veía en remolino toda la habitación, y la puerta al final. Era casi de noche cuando sentí como punzadas las palabras crueles y los rostros severos de las monjas, porque por la puerta de fondo entró mi madre. La agarré fuerte de la mano y nos fuimos a casa, a donde nunca he vuelto.


El ojo de la iguana



La mano nos colocó dentro del terrario. Anduvimos un rato por las ramas, nos escondimos detrás de las piedras. Pronto, movidos por el instinto de nuestra especie, nos unimos, violentamente. Copulamos sin freno, matábamos el hambre con acelgas y moras; trepábamos por el hibisco, devorando su flor a dentelladas. A veces yo me echaba en un rincón, a mirar cómo la pausa lo iba transformando. Hasta que la mano sintió placer en vernos tan unidos y supe que era hora de partir. Trepé por su brazo como por un hibisco  y escapé, alertada por mi terrible ojo.

Espérame en Córdova

Siempre me lo decía en sus cartas: te esperaré hasta el fin del mundo. Ese día me tomé el pocillo de café negro y me puse mi uniforme. Como llevaba afán, dejé sobre el camastro su carta sin leer. Salí caminando. Llevaba las palmas de las manos casi juntas, sobre el vientre. Un ruido de cadenas mortificaba mis tímpanos y un hilillo de agua me seguía. Al bajar la carretera, pasando por el barrio de Córdova, el hilillo de agua traspasó el cristal  y se metió en mi boca. Mis manos y mis pies seguían unidos por las cadenas cuyo ruido se había ahogado dentro de mis tímpanos. Yo caí hasta el fondo. Me acordé entonces de la carta: había llegado al lugar donde ella dijo que me esperaría.





La gran manzana

Esta vez el demonio estaba triste. Sentado junto a mí en el autobús señalaba hacia los edificios de la parte más baja de la ciudad y me contaba anécdotas. Una sustancia gelatinosa y transparente se detenía dentro de sus ojos. Entre palabra y palabra yo observaba su piel negra y dura, sus garras afiladas. Todo él olía a jardín. A través de la ventana vimos que estaba empezando a nevar y él se ajustó el abrigo. Nos detuvimos en la próxima parada, ya aclarado el malentendido entre nosotros por el contratiempo de la manzana y lo invité a mi apartamento. Es en el último piso, le dije, de noche casi puedo tocar las estrellas. Nos reímos los dos a carcajadas ante la mirada indiferente de los demás pasajeros.  En una ciudad tan grande atestada de almas, a nadie le preocupó que anduviera yo riéndome y hablando sola, como una loca.


Cuestión de piel

Al final, me da igual un brazo, una pierna, los dedos de la mano, los labios mayores o menores o los testículos; el placer de sentirlos en mi boca es siempre el mismo. Así hablaba, eufórico, el gusano mientras se arrastraba sobre un pecho y sus compañeros, fascinados, devoraban el cadáver.





Culebra

Estaba sentado entre la espesa vegetación, indefenso. La serpiente pudo haberle inyectado su veneno. Pudo haberse tragado los cinco pies diez pulgadas de su cuerpo antes de que tuviera tiempo siquiera de esbozar una sonrisa. Y de repente él se voltea y le rodea el cuello, la cintura y las rodillas. Forcejean, con la bestialidad que supone la supervivencia; desconocieron el cálculo del espacio y del tiempo, allí, sobre la cama.  En la mañana, él la despertó con tiernos besos; estaban en Isla Culebra, y el transbordador que los llevaría de regreso a sus respectivas vidas partiría a las seis.


Más allá

Mientras lloraban en el velatorio, ella ponía todo en orden. Sirvió café y galletas, puso en agua las flores y acomodó a los niños en el cuarto de huéspedes. Pronto llegarían los ujieres y más tarde, los amigos más íntimos. Para entonces ella no querría estar ahí. Salió por la puerta de la cocina y atravesó el angosto e infinito pasillo, persiguiendo el letrero que leía “más allá”. En la sala, la hija mayor le quitaba los aretes de oro, y cerraba la caja.


Interruptus

Íbamos a ciento diez millas por hora cuando nos detuvimos de golpe y no pudimos evitar caer por un barranco. Quedamos pillados entre la carrocería y el vidrio de las ventanas. Unas gotitas resbalaban de las comisuras de mis labios y él continuaba con los ojos abiertos como si todavía contara estrellas, mientras esperábamos por que llegara el fiscal, a separar nuestros cuerpos.


Burbuja

Tenía adentro aire, espuma, flores, adoquines, niñas, carros, lápices, bocas, libros, abecedarios, lenguas, dedos, agua, islas, columpios, un hombre invisible, sábanas, hornillas, barniz de uñas, chocolates, abrazos, el pecho velludo de un hombre, zapatos, peces de plástico, arañazos, ojos cerrados, el sexo hermoso de un hombre, aretes, labios, cuadernos, el rostro de un hombre, la cabeza en la almohada...Y reventó.


Voyeur

Si supiera ella
que mientras me endulzo el café
y muerdo mis tostadas
sentada frente a mi mesa
que fácilmente acomoda a seis personas
la dejo que me observe;
le permito que siga
mis pasos por la casa:
lavo la ropa y mira,
enjuago un plato y mira,
trapeo el piso y mira.
Toda esta rutina que transcurre
a través de su ojo de hierro
termina cada noche
cuando la miro sobre la cama
imitando a los gatos y a los perros,
debajo y sobre un cuerpo,
mordiéndose los labios,
secándose el sudor
debajo de la nariz,
sonriendo ante el recuerdo
de la taza de café sobre la mesa,
juro, no la conozco.


Obra de Ermanno Ivone



Santa

La procesión quema sus cruces.
Los mantos son sagrados,
y las sábanas.
Los peces saltan vivos en la mesa.
Y en la garganta algo se mueve,
como una espina.