Interés

jueves, 3 de septiembre de 2026

El sueño de Lázaro


Ilustración por Beatriz Vázquez 

¡A mis brazos, iniciado de luz,

víctima mía!

Julia de Burgos




 El médico puso la placa contra la luz, señalando al extremo inferior del esternón en la imagen.
—Su mal está aquí.
—No entiendo— protestó Lázaro.
El médico le dirigió una mirada severa.
—Los humores son sustancias que controlan el cuerpo humano. Su desequilibrio afecta nuestra
mente, lo dicen los médicos antiguos de Mesopotamia. La bilis negra está ubicada entre el esternón y el ombligo, ahí descansa su melancolía. No hay ácaros, ni ningún otro parásito, succionando su sangre mientras duerme.
Lázaro frunció el ceño, esperando una explicación más clara.
—Quiero decir, que su mal es mental.
Lázaro se sacudía los parásitos de los brazos, de la ropa.
—¿Estaría usted de acuerdo en ver a un sicólogo?
No hubo respuesta.
—Aquí tiene un listado. Le sugiero que llame para programar una cita pronto.
De camino a casa en el tren, mientras revisaba el listado, Lázaro sintió que algo le bajaba por la
barbilla. Se llevó las manos a la cara e hizo una mueca de asco al sentir que había aplastado lo que parecían ser larvas. Bajó la vista y vio que estas caían sobre el papel, cubriendo el listado de nombres. Una niña lo miraba con insistencia y él se volteó hacia la ventanilla, avergonzado.

Llevaba varias noches teniendo el mismo sueño: un ser grisáceo camina y hace surcos en la arena mientras arrastra la túnica blanca que lleva puesta. Los ojos le brillan como dos bombillas incandescentes. Se detiene ante Lázaro, que lo ha estado observando de pie frente a un cúmulo de tierra, y abre la mano derecha para mostrarle un ácaro que parece ser de plata, de un tamaño imposible. Mueve las ocho patas con lentitud, y flota. Avanza, cada vez más grande, cada vez más cerca. Avanzan a su vez cientos de larvas, oscilando, brillando en la oscuridad. Lázaro intenta, en vano, levantar los pies del piso. Y despierta.
Así sucedían los días. Lázaro despertaba, confundido al ver las cortinas blancas ondulando en la claridad de la habitación, se sacudía el pijama, y corría al baño. Mirándose en el espejo, se veía la cara sucia y el pelo lleno de arena. Y veía las larvas de los ácaros, larvas, cientos de larvas, salidas de su sueño, brotando de su cabeza como un chorro de agua, cayendo sobre el lavabo. Asqueado, se tiraba en un rincón, a mirar la inmensidad de la casa, pero pronto volvía a sentir los ácaros caminándole despacio por debajo de la ropa, enredándosele en el vello de las axilas. Casi sangra rascándose, cuando recordó la sugerencia del médico. Sobre la mesa, junto a los platos sucios de la cena de anoche, estaba el listado de sicólogos. Le marcó al de la dirección más cercana a la suya. Contestó una voz de mujer, con un vocabulario perfecto y una dulzura incómoda.

—La doctora no estará disponible hasta dentro de tres meses.

Lázaro suplica que haga una excepción, porque ya no puede con tanta angustia. La voz, que antes mostraba una dulzura falsa, ahora reacciona con cruel cordialidad.

—Entiendo, pero usted no es el único que ruega por morirse.

A Lázaro le indigna su indiferencia.

—Tengo un espacio disponible para el 30 de agosto. ¿Le parece?

Le quiso contestar No, no creo poder soportar una espera tan larga. Estos parásitos son invencibles no me dejan nunca. Mi cuerpo es carne dulce, cama suave, campo abierto, tejido rosado y blando. No quiero dormir porque al soñar, mi cuerpo vaga por un mundo donde soy eterno, y eterna es esta angustia de servir de alimento a mis crueles invasores, pero sólo respondió: está bien. Lo consumían los días, hablando solo por la casa. Para qué perder el tiempo en ver a una doctora y contestar sí, he estado estresado, sí, demasiadas preocupaciones, sí, mucho que superar, no, ya no la veo, terminamos hace meses, hacer una pausa para no llorar y admitirle sí, ella terminó la relación, no, ya no tenemos ningún vínculo, no, tampoco hablo con mis padres, no, no tengo empleo, y a la pregunta de qué hago con mi tiempo, mirar a la doctora vestida con su traje blanco y contestar: nada, porque me siento tan devorado por la miseria, que no sé qué bien me haga decirle que sueño que un ser grisáceo con ojos de linterna escarba mi tumba con sus manos huesudas, desclava mi ataúd y devuelve mi cuerpo a la vida para ofrendarlo como alimento. Al término de varias sesiones de terapia, la doctora concluyó:

—Ese ser, ¿le habló de la teoría de los humores del cuerpo humano?

Lázaro abre enormes los ojos, y le responde, como teniendo una revelación.

—...¡y de los médicos antiguos de Mesopotamia!

La sicóloga lo sujeta del brazo con suavidad.

—¿Estaría usted de acuerdo en ver a un siquiatra? Aquí tiene un listado. Le sugiero que llame
pronto para agendar una cita.

Ilustración por Beatriz Vázquez 


Lázaro salió de la clínica, rendido. Ojeroso, pálido, y con el cuero cabelludo en carne viva, entró al tren. La gente se orillaba para darle paso. Iba sacudiéndose la cabeza y los brazos, y susurrando larvas, larvas, cientos de larvas. Una niña le dirigió una mirada de lástima; él la miró con frialdad.

— Hazte a un lado, niña, estoy sangrando.

Cuando  llegó a su casa, se fue a la habitación sin bañarse ni cenar. De manera insólita, la cama estaba vestida con el más pulcro blanco, las sábanas tejidas con más de trescientos hilos, su nombre bordado blanco sobre blanco en la almohada de plumas: Lázaro. Se sentó al borde de la cama. Miró al techo, pintado de blanco. Y las paredes y las cortinas y la mesita con su lámpara, todo blanco. Cuando por fin se dejó caer, todos los parásitos, con sus ojos atentos y sus patas y sus bocas ávidas, se abalanzaron sobre él, y la habitación se iluminó con un destello fulminante.

    —La muerte me abandona, y yo sueño despierto con la muerte...







viernes, 10 de julio de 2026

Vivario

 



Hay un gato violeta

aplastando mi vientre,

una avispa de vidrio

mordisquea mis labios

libando entre mis piernas,

mosquitos escarlatas

zumban en mis oídos

babeando miel rosada:

llevo miles de años orbitando

dentro de este vivario de cristal.

De vez en cuando distingo

la figura distorsionada de un hombre

y vibro de ilusión, porque recuerdo

que en el antiguo mundo

toda forma de vida se ha extinguido;

por eso me emociona

que alguien observe

mientras los cables vivos

de una medusa eléctrica

flotan sobre mi cuerpo;

dulces descargas hormiguean en mi ombligo

y evaporan el rocío que lo cubre.

Los animales vuelan, trepan, se arrastran.

Mi cuerpo yace, transpirado y húmedo.

Una culebra azul se me mete en la boca

y sale por mi oído,

mis pezones erectos reciben su mordida;

luego me arrulla el canto

de grillos nacarados.

La figura del hombre sigue ahí,

hace ruidos extraños

que traspasan la falsa atmósfera;

juraría que gime.

¿Han pasado para él miles de años?

Quiero yacer sobre este musgo espeso

mientras el cielo rojo me cubre con sus lunas

y la noche succiona con fuerza mis respiros 

provocándome espasmos.

No quiero

aplastar mi cara contra el cristal,

descubrir el encierro

y no dejar de ver al hombre

que hace extraños sonidos.

No quiero ver

cómo alza los brazos al cielo,

cómo ve

que no me puede alcanzar,

cómo se queja...


jueves, 18 de junio de 2026

Una pequeña grieta en el tiempo



Hace pocos días comencé a leer ciencia ficción. Destaco el lenguaje poético en los textos que he leído hasta ahora (Ray Bradbury  y sus crónicas marcianas) ¿Cómo describir - no es posible - el terror y la paz que me inspiran sus relatos? La paz de añorar algo que parece un sueño. El terror de no alcanzarlo. 



Una pequeña grieta en el tiempo


Mientras leo, 

quiero una habitación adonde entre 

la tibieza del sol en la mañana

o la lluvia se disuelva en gotas tiernas 

mojando la cortina.

Quiero

estar leyendo las crónicas marcianas

de Ray Bradbury

mientras oigo tus pasos por la casa

o te presiento reclinado en el sofá,

de repente te levantas, entras a nuestro cuarto,

interrumpes mi lectura para darme un beso,

me acaricias el cabello y te vas a la cocina,

dices que a prepararnos un café.





miércoles, 11 de marzo de 2026

Granizo

¿A qué abismo de agua te llevaste

la voz

que me fuiste amarrando en el oído?


Ese gorjeo húmedo de frases

que ahora flota en una nube oscura

y cae por gravedad,

¿en dónde se deshiela?


El silencio que le pones a tu rostro,

tu voz que ya no es pájaro,

¿en dónde se desaguan?


Tu lengua de garza de las nieves

se retuerce dentro de mi boca

desmembrada, silenciosa.


Ahora que mendigo

trinos, zumbidos y susurros,

y castiga en mi ventana la torrente,

¿en dónde se vacía el cántaro?











Art by Laurence Demaison


sábado, 31 de mayo de 2025

Burials



 No one ends up in the grave; only bones or dust are there.

William Saroyan


I lived with his corpse for three months before burying him. Although I decided to do so without hesitation, I never managed to assimilate the shock of death or the horror of having lived ninety days next to a rotting body.


Go this way to the right, and to the end of the corridor pass the double doors, ring the bell, and they will let you in, the mortuary chambers are there.


I went to claim his body that day, fully intending to take him with me. I left the morgue pushing the metal gurney where he was laying. I walked through the empty corridor and, turning left, greeted the nurse on duty. I waited a few seconds before the elevator door opened. Went down to the lobby, heading toward the parking lot, and took him home.


Code Green, respiratory therapy technician; Code Green, respiratory therapy technician.


I couldn't carry him with me everywhere. I had to leave him in the house, tucked away in some corner; but the thought of going out and leaving him alone, waiting for me... he, who already knew how short time was, mortified me. At first, I kept him tied to a chair in front of the dinner table. Later, I started carrying him around the house with me. Oh, how painful it was to look at his yellow, hardened face, his open eyes, his mouth gasping for air.


Mealtimes became a spectacle of unhealthiness. Sitting, staring into space, he placed his right hand on the table and refused to eat. Maggots had begun to emerge from his body orifices, and the nauseating smell of his rotting flesh invaded my nostrils, inducing vomiting. All the food served ended up in the trash. Then I made coffee and returned to the table. Although he didn't say a word, everything I said seemed fine to him.


His fetid odor increased in summertime, especially in August. His hair, now darker, began to sweat for some weird reason, and it seemed like he had drops of dew on his head. It was difficult to dress him, so I covered him with a blanket.


Decide what clothes you want to put on him; shoes will not be necessary; the embalming process takes about two hours.


The hardest thing to deal with was sex. My occasional encounters were hampered by the unwanted body I carried with me. With my body in a doggy position over the bed, the man writhed in disgust watching the corpse reclining in a corner facing the wall. He would grab my buttocks and thrust hard while staring at the ceiling, holding his breath. Then he would exhale and scream, "Oh, God!" I tried to distract myself from the image of the corpse by exaggerating my moans, but the putrid smell invaded my entire being. The man would leave with a "See you later." I would sit on the kitchen steps, smoking a cigarette and watching the birds pecking at the mangoes that fell to the ground.


The days passed like this, and the nights terrified me, waiting for the decisive moment to bury him. I wanted to keep him with me for another day. I can put him somewhere, make sure he won't be in the way. Would he see me cry? Would he see me at all? I made a bed on the floor with a comforter. I put down a pillow and a sheet. At night, I left the television on at a low volume, and he and I slept under the dim blue light and whispering voices. I shuddered at the thought of him underground, the ceremony of lowering the coffin, the ropes wounding my hands, my hands bleeding and me trying to wipe them with each other to remove the dirt that falls into my eyes, because I use so much force to lower the casket that I fall into the void, exhausted. Then I woke up, stunned by the courtesy of the funeral salutes.


The day had finally come. He had been up for a while and was sitting at the dining room table, dressed in long sleeves and a tie, ready to leave. The flesh had begun to peel off his hands, and his phalanges were visible. I put the makeshift bed in the closet. I went to the kitchen and made myself some coffee. As I sat down at the table, I tripped over my chair, and the coffee danced in the cup.


The hole seemed too narrow for the size of the coffin.


I wanted to ask him where he intended to go, but instead, I made breakfast to buy myself some time. I scrambled eggs with bacon and fresh cheese and cut slices of sweet bread to heat in the pan. I remembered there were honey mangoes in the yard, so I went to get some to serve sliced ​​on top of the bread. He sat at the table, unwavering. I went in and out of the kitchen, trying to delay the morning as long as I could because I knew that once I served breakfast, the end would be near. He was already dressed and had to go. I wouldn't see him again. Then he would be just the hint of a presence, a whisper in the wind.


There he was, stuck in that coffin, stuck in there with the sun shining, stuck in that casket with his hands crossed, maybe he wants to move but cannot.


He made his way to the door as best he could, leaving a trail of gelatinous, foul-smelling fluid. His white shirt was stained with his secretions, and as he tried to lean against the wall, his phalanges fell to the floor. The sound of bones still echoes in my head, day after day. I followed him through the door. I remember it was already noon when I was finally able to bury him.


I laid my opened hand on the table and felt the cold wood. I drank the last sip of coffee, staring at the breakfast leftovers for a while. I leaned my head back on the uncomfortable arch of the chair. I closed my eyes, and the house collapsed on me, dark and narrow, like a tomb.


(Translated from the original story Entierros, published on Penumbria magazine, volume 63 Body horror, May 2025)


Translation by the author

Corrections of the English text: Valeria Gracia

Image by ARTSPARK on PIXABAY


martes, 20 de mayo de 2025

Una chica en el tren

 

En el tren va sentada una chica pelirroja

de rostro largo y pálido

que tiene la mandíbula de los Habsburgo.

Lleva puestos unos jeans

y una camisa a cuadros azules y magenta.

Va leyendo y no le veo los ojos.

Las pestañas son rubias

y las manos son grandes.

Posa sus dedos largos

sobre las páginas del libro mientras lee.

A ratos se humedece

los labios rosados con la lengua

y entonces son más rosados todavía.

El tren se detiene por unos minutos

pero no me importa;

voy a la librería más antigua de Chicago

y, mientras miro a la chica,

quisiera encontrar

en la sección de libros raros

uno sobre la casa real de los Habsburgo

y su descendencia endogámica.

Ella sigue leyendo

negándome el color de sus ojos.

El tren va subterráneo y rápido

y los demás van sentados en su mundo

soñando, sufriendo, descansando

sobre el azul de los asientos.

Hemos salido de la oscuridad

y a través de la ventanilla

puedo ver la cúpula

de la iglesia de San Alfonso.

Entonces la chica pelirroja

lleva puesto un vestido negro

con mangas abullonadas

y el corpiño bordado con hilos de oro.

El tren llegará pronto a mi parada.

Tendré que salir a la estación

y ella se quedará sola leyendo.

Saldré a mis libros viejos

y al frío de la calle

y ella no me mirará nunca.



Imagen de Pinterest

sábado, 17 de mayo de 2025

Más allá


Mientras lloraban en el velatorio, ella ponía todo en orden. Sirvió café y galletas, puso en agua las flores y acomodó a los niños en el cuarto de huéspedes. Pronto llegarían los ujieres y más tarde, los amigos más íntimos. Para entonces ella no querría estar ahí. Salió por la puerta de la cocina y atravesó el angosto e infinito pasillo, persiguiendo el letrero que leía “Más allá”. En la sala, la hija mayor le quitaba los aretes de oro, y cerraba la caja.

(2011)

Obra de Andy Hixon




Instrucciones para salir de casa

 

Pálpese el rostro con las dos manos. Respire profundo. Mírese en el espejo. Es muy importante que esté usted alerta al temblor en la mano al agarrar las llaves. Por más difícil que sea, mantenga la cabeza en alto. Visualice los escalones. Estos se balancearán como un columpio, se estirarán como un acordeón; no pierda la fe de que puede salir de casa, aunque en el fondo lo dude muchísimo. ¿Siente acelerados los latidos del corazón? ¿Siente el sudor en la frente?  Continúe mirándose al espejo. Tenga en cuenta que la temperatura es diferente afuera.  Y que, además,  es posible que no sea usted la misma persona cuando haya regresado. ¿De verdad se cree capaz de cruzar el umbral? Mientras se visualiza bajando  la escalera, ¿siente que los peldaños desaparecen  y usted se hunde hasta las rodillas y luego flota?  Entonces adelante, abra la puerta.

The digital artist, PIXABAY


jueves, 15 de mayo de 2025

Atribuciones

Me dice buenos días
o buenas tardes
y me ofrece la mano
tan propio, tan cordial.
Al contacto de su mano abierta
mi cerebro da vueltas
en un remolino de suposiciones.
De tanto encontrármelo
en la calle a diario
terminé por soñarlo.
Bailan desde las verjas
trinitarias colgantes,
las flores amarillas del roble
me sonríen erectas,
la gente en los balcones
me saluda.
De tanto encontrármelo
en la calle a diario
mi cerebro da vueltas.
Soy la única que existe
en sus sueños,
piensa en mí a toda hora,
inconsciente me busca
por las habitaciones de su casa,
llora por mí en su cuarto
semioscuro
mientras escucha música
o ve televisión.
Estoy ilusionada;
así me siento yo
cuando este hombre
que no es nada mío
me mira y me saluda.
No dejo de llegar a conclusiones,
así me siento,
así
brinco de la alegría
así
me elevo
sobre los árboles
y sobre el techo de mi casa.
Mañana lo veré.
Si temo me cuestione
cruzaré a la otra acera.
Imagen IA Pixabay Iffany







domingo, 11 de mayo de 2025

La ruta del olvido


 A veces el camino al olvido

se parece a un infierno

peor que el que mencionan los apóstoles.

Se parece a un terreno baldío 

donde no hay ni árboles ni flores.

No hay agua para el cuerpo o para el alma

y tu recuerdo se hace más intenso,

se vuelve un aguijón.

Mientras busco la salida el demonio me persigue,

me asesta golpes bajos

y cuando casi estoy saliendo del desierto

y veo un río largo rodeado de palmeras

me agarra por el cuello y me devuelve

al principio del camino.

No cabe duda, estoy en un infierno

peor que el que Jehová

le tiene destinado a los infieles

y el amor alza su cetro

desde las altas cumbres, desorientándome.

Imagen de Pixabay juanitosaa