12.8.17

Arroz chino y suerte



En Chicago, la ciudad de los vientos, los insectos y los gatos se adueñan de los meses de verano. Los gatos se tiran a dormir en las escaleras de las entradas. Las abejas zumban sobre las margaritas silvestres y las moscas existen hasta que el sol se oculta, casi a las 10 de la noche. Tiene un clima de locos; lo mismo puede estar a 80 grados con un sol espléndido que cambiar a 68 con vientos fuertes, todo mientras terminas de cerrar la puerta después de salir y darte cuenta que debiste haber traído tu suéter.

Chicago huele de un modo peculiar en el verano. Es un olor que todavía no puedo nombrar pero que flota denso en el ambiente, igual que los enjambres de moscas sobre los zafacones. Persiste -aun- sobre el aroma humeante de la comida del restaurante chino donde compro la cena de vez en cuando. Hace unos días entré, desorientada porque en mi reloj eran las 8 de la noche, y el sol estaba todavía alto. Pido arroz frito y vegetales salteados. Salgo cargando mi cena. Viento fuerte. Todavía busco un nombre para el olor de este verano. Ya en casa, la galleta de la suerte me presagia que este año me traerá maravillosas nuevas experiencias. Y yo sin mi suéter.



3.7.17

Un lugar en la nada





















No poseo otra cosa que la voz
quebrada por el agua de la ausencia.
Esta voz que pronuncia
los nombres de estas calles
en donde nada es mío.
Esta gente construye las paredes
y escribe con sus manos
en las tablas, que son suyas,
desde ahora y para siempre.
Delimitan un patio y plantan árboles
y ese árbol es suyo y esa sombra.
Cruzan la calle porque nada pierden;
son suyos los semáforos y el aire,
las señales de tránsito y el césped,
este carril y el otro y esta curva.
Yo camino y observo
y por este pasillo hay zafacones
y nieve acumulada
y puertas que no abren y algo roto
y casas que eran suyas 
que abandonan y venden y otra casa.

18.2.17

Esa extraña manera de querer




Te quiero, sí. Pero déjame que te explico. Hay momentos en que quiero guardarte entre mis cosas; ponerte entre las páginas de un texto de Bukowski (que me gusta mucho); meterte en la nevera para más tarde – te dejaría sobre la mesa, pero el calor... no sé -  Te quiero, claro que sí. Pero es que también quiero mi cepillo de dientes, mi bolígrafo, mi desayuno y mi helado de fresa. Lo cual no significa que no te quiera, solo que a veces quiero ser una persona, de esas que van al baño, de esas que no contestan las llamadas, que quieren sexo a veces. Una persona así, fuera de la vitrina o del velo con que me cubres. Que querer no es de las cosas que uno hace todos los días.




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