sábado, 13 de junio de 2015

Animal

Siempre tiemblo cuando llega la noche. La oscuridad es densa pero aún puedo ver los dientes afilados, el hocico babeante. Oigo el sonido ronco de su respiración y percibo el modo violento de mover su enorme cuerpo mientras camina los pequeños espacios de la casa. Mi pulso se acelera, la ansiedad me duele y tiemblo cuando por fin veo que expande su tórax, de un salto saca las garras, se encorva y me protege del frío.
Obra de Livio Moiana






Noticia de última hora

Buscando un poco de sosiego decidió que iría a leer al parque. Nadie la miraba. Con el índice de la mano izquierda marcó la página veinticuatro. Con el reverso de la mano derecha se daba golpecitos en la frente arrugada, para recoger el sudor. De verdad que nadie la miraba. Se irguió, hasta donde la espalda encorvada se lo permitía. Se acomodó un poco el vestido, y caminó triunfal




Sanatorium

La habitación de castigo del colegio de monjas era un recinto amplio, con una puerta de entrada y otra puerta más al fondo. Allí me llevaron una tarde; aquella niña de las trenzas. Por la puerta de fondo, decían las monjas, entraría la persona que me llevaría lejos de mi casa para siempre, como pago a mi mal comportamiento. Sentado en la única silla yo miraba el reloj. Con los pies hacía círculos en el piso. Veía en remolino toda la habitación, y la puerta al final. Era casi de noche cuando sentí como punzadas las palabras crueles y los rostros severos de las monjas, porque por la puerta de fondo entró mi madre. La agarré fuerte de la mano y nos fuimos a casa, a donde nunca he vuelto.


Cuestión de piel


Al final, me da igual un brazo, 
una pierna, los dedos de la mano, 
los labios mayores o menores 
o los testículos; 
el placer de sentirlos en mi boca 
es siempre el mismo. 
Así hablaba, eufórico, el gusano
mientras se arrastraba sobre un pecho 
y sus compañeros, fascinados, 
devoraban el cadáver.

Ilustración por ©Beatriz Vázquez Torres
Todos los derechos reservados


Voyeur

Si supiera ella
que mientras me endulzo el café
y muerdo mis tostadas
sentada frente a mi mesa
que fácilmente acomoda a seis personas
la dejo que me observe;
le permito que siga
mis pasos por la casa:
lavo la ropa y mira,
enjuago un plato y mira,
trapeo el piso y mira.
Toda esta rutina que transcurre
a través de su ojo de hierro
termina cada noche
cuando la miro sobre la cama
imitando a los gatos y a los perros,
debajo y sobre un cuerpo,
mordiéndose los labios,
secándose el sudor
debajo de la nariz,
sonriendo ante el recuerdo
de la taza de café sobre la mesa,
juro, no la conozco.


Obra de Ermanno Ivone



Santa

La procesión quema sus cruces.
Los mantos son sagrados,
y las sábanas.
Los peces saltan vivos en la mesa.
Y en la garganta algo se mueve,
como una espina.