13.6.15

La gran manzana

Esta vez el demonio estaba triste. Sentado junto a mí en el autobús señalaba hacia los edificios de la parte más baja de la ciudad y me contaba anécdotas. Una sustancia gelatinosa y transparente se detenía dentro de sus ojos. Entre palabra y palabra yo observaba su piel negra y dura, sus garras afiladas. Todo él olía a jardín. A través de la ventana vimos que estaba empezando a nevar y él se ajustó el abrigo. Nos detuvimos en la próxima parada, ya aclarado el malentendido entre nosotros por el contratiempo de la manzana y lo invité a mi apartamento. Es en el último piso, le dije, de noche casi puedo tocar las estrellas. Nos reímos los dos a carcajadas ante la mirada indiferente de los demás pasajeros.  En una ciudad tan grande atestada de almas, a nadie le preocupó que anduviera yo riéndome y hablando sola, como una loca.


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