sábado, 25 de julio de 2026

Diluvio

 


Cuando los papiros ardieron

en incendios nocturnos

y no quedó ni un pergamino,

ni quedaron tinajas de aceite rebosante

ni hombres con cayado

ni forasteros con túnicas,

dijo el profeta: venid.

El profeta es un ser grisáceo

que usa como brazos tentáculos brillantes,

las manos, de suaves ademanes, son ventosas.

Huele a jazmines que acaban de brotar,

y a leche tibia y dulce.

El profeta dice: venid,

lavad vuestros cuerpos en el río,

no es el fuego lo que lo purifica,

sino el agua que penetra

la dermis y los huesos.

Y yo miro mis manos

y cuento mis diez dedos

temblorosos.

¿Quién sabe lo que yace

en el fondo del agua?

¿Regresaré

del negro azul profundo

si me dejo arrastrar?

¿Invadirán mi cuerpo platelmintos histéricos?

¿Me podré deshacer de los nemátodos

una vez colonicen mis membranas?

¿Será que los evito si no abro la boca?

El profeta venera la gran copa de oro

de la que bebemos los que hemos quedado.

Quién sabe qué senderos hallaremos

en el fondo del agua.

El profeta dice: venid,

bebed, sed todos redimidos,

y habla en un lenguaje que no le pertenece

y hacia él vamos todos

sin haber todavía desarrollado branquias,

y mirando a una cruz.

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