Cuando los papiros ardieron
en incendios nocturnos
y no quedó ni un pergamino,
ni quedaron tinajas de aceite rebosante
ni hombres con cayado
ni forasteros con túnicas,
dijo el profeta: venid.
El profeta es un ser grisáceo
que usa como brazos tentáculos brillantes,
las manos, de suaves ademanes, son ventosas.
Huele a jazmines que acaban de brotar,
y a leche tibia y dulce.
El profeta dice: venid,
lavad vuestros cuerpos en el río,
no es el fuego lo que lo purifica,
sino el agua que penetra
la dermis y los huesos.
Y yo miro mis manos
y cuento mis diez dedos
temblorosos.
¿Quién sabe lo que yace
en el fondo del agua?
¿Regresaré
del negro azul profundo
si me dejo arrastrar?
¿Invadirán mi cuerpo platelmintos histéricos?
¿Me podré deshacer de los nemátodos
una vez colonicen mis membranas?
¿Será que los evito si no abro la boca?
El profeta venera la gran copa de oro
de la que bebemos los que hemos quedado.
Quién sabe qué senderos hallaremos
en el fondo del agua.
El profeta dice: venid,
bebed, sed todos redimidos,
y habla en un lenguaje que no le pertenece
y hacia él vamos todos
sin haber todavía desarrollado branquias,
y mirando a una cruz.

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