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| Ilustración por Beatriz Vázquez |
¡A mis brazos, iniciado de luz,
víctima mía!
Julia de Burgos
—Su mal está aquí.
—No entiendo— protestó Lázaro.
El médico le dirigió una mirada severa.
—Los humores son sustancias que controlan el cuerpo humano. Su desequilibrio afecta nuestra
mente, lo dicen los médicos antiguos de Mesopotamia. La bilis negra está ubicada entre el esternón y el ombligo, ahí descansa su melancolía. No hay ácaros, ni ningún otro parásito, succionando su sangre mientras duerme.
Lázaro frunció el ceño, esperando una explicación más clara.
—Quiero decir, que su mal es mental.
Lázaro se sacudía los parásitos de los brazos, de la ropa.
—¿Estaría usted de acuerdo en ver a un sicólogo?
No hubo respuesta.
—Aquí tiene un listado. Le sugiero que llame para programar una cita pronto.
De camino a casa en el tren, mientras revisaba el listado, Lázaro sintió que algo le bajaba por la
barbilla. Se llevó las manos a la cara e hizo una mueca de asco al sentir que había aplastado lo que parecían ser larvas. Bajó la vista y vio que estas caían sobre el papel, cubriendo el listado de nombres. Una niña lo miraba con insistencia y él se volteó hacia la ventanilla, avergonzado.
Así sucedían los días. Lázaro despertaba, confundido al ver las cortinas blancas ondulando en la claridad de la habitación, se sacudía el pijama, y corría al baño. Mirándose en el espejo, se veía la cara sucia y el pelo lleno de arena. Y veía las larvas de los ácaros, larvas, cientos de larvas, salidas de su sueño, brotando de su cabeza como un chorro de agua, cayendo sobre el lavabo. Asqueado, se tiraba en un rincón, a mirar la inmensidad de la casa, pero pronto volvía a sentir los ácaros caminándole despacio por debajo de la ropa, enredándosele en el vello de las axilas. Casi sangra rascándose, cuando recordó la sugerencia del médico. Sobre la mesa, junto a los platos sucios de la cena de anoche, estaba el listado de sicólogos. Le marcó al de la dirección más cercana a la suya. Contestó una voz de mujer, con un vocabulario perfecto y una dulzura incómoda.
pronto para agendar una cita.
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| Ilustración por Beatriz Vázquez |
Lázaro salió de la clínica, rendido. Ojeroso, pálido, y con el cuero cabelludo en carne viva, entró al tren. La gente se orillaba para darle paso. Iba sacudiéndose la cabeza y los brazos, y susurrando larvas, larvas, cientos de larvas. Una niña le dirigió una mirada de lástima; él la miró con frialdad.
— Hazte a un lado, niña, estoy sangrando.
Cuando llegó a su casa, se fue a la habitación sin bañarse ni cenar. De manera insólita, la cama estaba vestida con el más pulcro blanco, las sábanas tejidas con más de trescientos hilos, su nombre bordado blanco sobre blanco en la almohada de plumas: Lázaro. Se sentó al borde de la cama. Miró al techo, pintado de blanco. Y las paredes y las cortinas y la mesita con su lámpara, todo blanco. Cuando por fin se dejó caer, todos los parásitos, con sus ojos atentos y sus patas y sus bocas ávidas, se abalanzaron sobre él, y la habitación se iluminó con un destello fulminante.
—La muerte me abandona, y yo sueño despierto con la muerte...


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