Interés

martes, 20 de mayo de 2025

Una chica en el tren

 

En el tren va sentada una chica pelirroja

de rostro largo y pálido

que tiene la mandíbula de los Habsburgo.

Lleva puestos unos jeans

y una camisa a cuadros azules y magenta.

Va leyendo y no le veo los ojos.

Las pestañas son rubias

y las manos son grandes.

Posa sus dedos largos

sobre las páginas del libro mientras lee.

A ratos se humedece

los labios rosados con la lengua

y entonces son más rosados todavía.

El tren se detiene por unos minutos

pero no me importa;

voy a la librería más antigua de Chicago

y, mientras miro a la chica,

quisiera encontrar

en la sección de libros raros

uno sobre la casa real de los Habsburgo

y su descendencia endogámica.

Ella sigue leyendo

negándome el color de sus ojos.

El tren va subterráneo y rápido

y los demás van sentados en su mundo

soñando, sufriendo, descansando

sobre el azul de los asientos.

Hemos salido de la oscuridad

y a través de la ventanilla

puedo ver la cúpula

de la iglesia de San Alfonso.

Entonces la chica pelirroja

lleva puesto un vestido negro

con mangas abullonadas

y el corpiño bordado con hilos de oro.

El tren llegará pronto a mi parada.

Tendré que salir a la estación

y ella se quedará sola leyendo.

Saldré a mis libros viejos

y al frío de la calle

y ella no me mirará nunca.



Imagen de Pinterest

sábado, 17 de mayo de 2025

Más allá


Mientras lloraban en el velatorio, ella ponía todo en orden. Sirvió café y galletas, puso en agua las flores y acomodó a los niños en el cuarto de huéspedes. Pronto llegarían los ujieres y más tarde, los amigos más íntimos. Para entonces ella no querría estar ahí. Salió por la puerta de la cocina y atravesó el angosto e infinito pasillo, persiguiendo el letrero que leía “Más allá”. En la sala, la hija mayor le quitaba los aretes de oro, y cerraba la caja.

(2011)

Obra de Andy Hixon




Instrucciones para salir de casa

 

Pálpese el rostro con las dos manos. Respire profundo. Mírese en el espejo. Es muy importante que esté usted alerta al temblor en la mano al agarrar las llaves. Por más difícil que sea, mantenga la cabeza en alto. Visualice los escalones. Estos se balancearán como un columpio, se estirarán como un acordeón; no pierda la fe de que puede salir de casa, aunque en el fondo lo dude muchísimo. ¿Siente acelerados los latidos del corazón? ¿Siente el sudor en la frente?  Continúe mirándose al espejo. Tenga en cuenta que la temperatura es diferente afuera.  Y que, además,  es posible que no sea usted la misma persona cuando haya regresado. ¿De verdad se cree capaz de cruzar el umbral? Mientras se visualiza bajando  la escalera, ¿siente que los peldaños desaparecen  y usted se hunde hasta las rodillas y luego flota?  Entonces adelante, abra la puerta.

The digital artist, PIXABAY


jueves, 15 de mayo de 2025

Atribuciones

Me dice buenos días
o buenas tardes
y me ofrece la mano
tan propio, tan cordial.
Al contacto de su mano abierta
mi cerebro da vueltas
en un remolino de suposiciones.
De tanto encontrármelo
en la calle a diario
terminé por soñarlo.
Bailan desde las verjas
trinitarias colgantes,
las flores amarillas del roble
me sonríen erectas,
la gente en los balcones
me saluda.
De tanto encontrármelo
en la calle a diario
mi cerebro da vueltas.
Soy la única que existe
en sus sueños,
piensa en mí a toda hora,
inconsciente me busca
por las habitaciones de su casa,
llora por mí en su cuarto
semioscuro
mientras escucha música
o ve televisión.
Estoy ilusionada;
así me siento yo
cuando este hombre
que no es nada mío
me mira y me saluda.
No dejo de llegar a conclusiones,
así me siento,
así
brinco de la alegría
así
me elevo
sobre los árboles
y sobre el techo de mi casa.
Mañana lo veré.
Si temo me cuestione
cruzaré a la otra acera.
Imagen IA Pixabay Iffany







domingo, 11 de mayo de 2025

La ruta del olvido


 A veces el camino al olvido

se parece a un infierno

peor que el que mencionan los apóstoles.

Se parece a un terreno baldío 

donde no hay ni árboles ni flores.

No hay agua para el cuerpo o para el alma

y tu recuerdo se hace más intenso,

se vuelve un aguijón.

Mientras busco la salida el demonio me persigue,

me asesta golpes bajos

y cuando casi estoy saliendo del desierto

y veo un río largo rodeado de palmeras

me agarra por el cuello y me devuelve

al principio del camino.

No cabe duda, estoy en un infierno

peor que el que Jehová

le tiene destinado a los infieles

y el amor alza su cetro

desde las altas cumbres, desorientándome.

Imagen de Pixabay juanitosaa




lunes, 7 de abril de 2025

Entierros

Nadie acaba en la tumba; solo los huesos o el polvo están ahí.

William Saroyan


Antes de enterrarlo, estuve tres meses viviendo con su cadáver.  Aunque lo decidí sin dudarlo, nunca logré asimilar el sobresalto de la muerte ni el espanto de haber vivido noventa días junto a un cuerpo podrido.


Váyase por aquí a la derecha, y hasta el final del pasillo después de la doble puerta, toque el timbre, y le abrirán, las neveras están allí.


Ese día fui a reconocer sus restos, con toda la intención de llevármelos. Salí de la morgue empujando la camilla metálica donde yacía.  Atravesé el pasillo solitario, y doblando a la izquierda saludé al enfermero que hacía su guardia. Esperé unos segundos antes de que se abriera la puerta del ascensor. Bajé hasta el vestíbulo en dirección al estacionamiento, y me lo llevé a casa.


Técnico de terapia respiratoria clave verde, técnico de terapia respiratoria clave verde.


No podía llevarlo conmigo a todas partes, tenía que dejarlo en la casa, acomodado en algún rincón, pero me mortificaba la idea de salir y dejarlo solo, esperando por mí, él, que ya sabía lo corto que era el tiempo. Al principio lo mantuve amarrado a una silla, frente a la mesa. Pero luego lo transportaba conmigo por toda la casa. Qué doloroso era mirar su cara amarilla y dura, sus ojos abiertos y su boca buscando aire.

La hora de la comida se volvió un espectáculo de insalubridad. Sentado, mirando al vacío, ponía la mano derecha sobre la mesa y rehusaba probar bocado. Los gusanos habían comenzado a salir por los orificios de su cuerpo y el olor nauseabundo de su piel descompuesta invadía mis fosas nasales, induciéndome al vómito. Todo el alimento servido terminaba en la basura. Después preparaba café y volvía a la mesa. Aunque él no decía palabra, todo lo que yo hablaba le parecía bien.

En verano su olor fétido aumentaba, sobre todo en agosto. El pelo, ya más negro, por un extraño motivo comenzó a transpirar, y parecía que tenía gotas de rocío en la cabeza. Se me hizo complicado vestirlo, así que lo cubrí con una manta.


Decida qué ropa le quiere poner, no serán necesarios los zapatos, el proceso de embalsamamiento tarda alrededor de dos horas.


Lo más difícil de mantener en la normalidad fue el sexo. Mis encuentros ocasionales se vieron accidentados a causa del cuerpo indeseable que cargaba conmigo. Con mi cuerpo en posición de perro sobre la cama, el hombre se retorcía de asco viendo el cadáver reclinado en una esquina mirando hacia la pared. Me agarraba las nalgas y empujaba con fuerza mientras miraba al techo sosteniendo la respiración. Luego exhalaba y gritaba ¡oh, Dios! Yo intentaba distraerme de la imagen del cadáver, exagerando mis gemidos, pero el olor putrefacto invadía todo mi ser. El hombre se marchaba con un te veo luego. Yo me sentaba en la escalera de la cocina a fumarme un cigarrillo y a mirar los pájaros picoteando los mangos que se caían al suelo.

Así pasaban los días y me aterraban las noches, en espera del momento decisivo para enterrarlo. Yo quería dejarlo conmigo otro día más. Puedo ponerlo por ahí, donde no estorbe. ¿Me verá llorar? ¿Me verá? Preparé una cama en el piso con un edredón. Puse una almohada y una sábana. De noche dejaba la televisión encendida a bajo volumen y dormíamos él y yo bajo la tenue luz azul y las voces susurrantes. Me estremecía la sensación de imaginarlo bajo tierra, la ceremonia de bajar el ataúd, las sogas hiriéndome las manos, las manos que me sangran y que trato de limpiar una con otra para poder quitarme la tierra que me cae en los ojos, porque es tanta la fuerza que empleo para bajar el féretro que caigo al vacío, rendida. Luego despierto aturdida por las cortesías de los saludos fúnebres.


Llegó el día. Él hacía rato que se había levantado, y estaba sentado a la mesa del comedor, vestido con manga larga y corbata, listo para salir. La piel había comenzado a desprendérsele de las manos y eran visibles sus falanges. Guardé en el armario la cama improvisada. Fui a la cocina y me preparé un café. Al sentarme a la mesa tropecé con la silla y el café bailó en la taza.


El hoyo me parecía muy estrecho para el tamaño de la caja.


Quise preguntarle para dónde iba, pero en lugar de eso preparé desayuno para ganar tiempo. Hice huevos revueltos con panceta y queso fresco y corté rebanadas de pan dulce que puse a calentar en el sartén. Recordé que había mangos de miel en el patio así que fui por unos para servir trozados sobre las rebanadas de pan. Él esperaba sentado a la mesa, irrebatible. Yo entraba y salía de la cocina, tratando de retrasar la mañana todo cuanto pudiera porque sabía que una vez sirviera el desayuno el final estaría cerca. Ya él estaba vestido y se tenía que ir. Ya no lo vería más. Entonces sería solo la sospecha de una presencia, un susurro del viento.


Ahí iba metido en esa caja, ahí metido con el sol que hace, metido en esa caja con las manos cruzadas, a lo mejor quiere moverse y no puede.


Salió caminando como mejor pudo hasta la puerta, dejando un rastro de fluido gelatinoso y maloliente. Llevaba la camisa blanca manchada con sus secreciones, y tratando de apoyarse en la pared sus falanges cayeron al piso. El sonido de los huesos todavía retumba, día tras día, en mi cabeza. Crucé la puerta detrás de él. Recuerdo que ya era mediodía cuando por fin pude enterrarlo.


Abrí mi mano sobre la mesa y sentí la madera fría. Bebí el último sorbo de café. Me quedé un rato mirando las sobras del desayuno. Recosté la cabeza en el arco incómodo de la silla. Cerré los ojos y la casa me fue cayendo encima, oscura y angosta, como una tumba.


Obra de Léon Spilliaert







(Cuento seleccionado para la edición Penumbria Corporal de la revista Penumbria #63. Esta entrada contiene correcciones posteriores a la publicación en Penumbria)

miércoles, 1 de enero de 2025

Emoción de amor

Amor ya no podría
amar a nadie más.
Aunque tú me obligaras
y me pusieras un puñal en el pecho.
Aunque me ataras de las manos
a tu caballo blanco
y me humillaras arrastrándome
hasta llevarme fuera de la ciudad
y dejaras mi cuerpo sangrando
sobre el polvo a pleno sol.
Es ridícula y anticuada
esta emoción de amor,
sabes que es improbable que hable en serio.
Aunque después de cada orgasmo,
estoy segura,
te entusiasma la idea.











Imagen: Foto de Ewa Brzozowska

miércoles, 25 de marzo de 2020

Por ley



Quisiera ser 
tan  pequeña  que cupiera
en ese espacio en tus manos
que divide tus dedos,
sentarme
- y moverme -
sobre los nudillos
de tus dedos largos;
sería tan pequeña
que podrías acariciarme
con tu pulgar 
de arriba a abajo.
En el fondo,
eso quisiera ser para quererte
pero debo respetar
la ley de mis dimensiones.


Imagen: Obra de Milo Manara

La unidad perdida

Durante cuarenta días y cuarenta noches, mientras el arca temblaba sobre el agua y hombres y mujeres y animales se tambaleaban con sus parejas al ritmo de las olas, ella durmió tranquila entre sus brazos. Cuando acabó el diluvio y abrieron la puerta a un paisaje despoblado, se dio cuenta de que, en realidad, había entrado sola.




miércoles, 31 de octubre de 2018

Precipicio

No.  Mi olor no está en las paredes
ni debajo de la mesa.
Tampoco estoy al borde de la silla;
no estoy en esas sábanas.

Qué tristes tus ojos de perro.

No.  Mi olor no está en las calles
ni en el aire.
No.  No mires hacia abajo, 
no saltes.

Obra de Nicola Samori