Nadie acaba en la tumba; solo los huesos o el polvo están ahí.
William Saroyan
Antes
de enterrarlo, estuve tres meses viviendo con su cadáver. Aunque lo
decidí sin dudarlo, nunca logré asimilar el sobresalto de la muerte
ni el espanto de haber vivido noventa días junto a un cuerpo
podrido.
Váyase
por aquí a la derecha, y hasta el final del pasillo después de la
doble puerta, toque el timbre, y le abrirán, las neveras están
allí.
Ese
día fui a reconocer sus restos, con toda la intención de
llevármelos. Salí de la morgue empujando la camilla metálica donde
yacía. Atravesé el pasillo solitario, y doblando a la izquierda
saludé al enfermero que hacía su guardia. Esperé unos segundos
antes de que se abriera la puerta del ascensor. Bajé hasta el
vestíbulo en dirección al estacionamiento, y me lo llevé a casa.
Técnico
de terapia respiratoria clave verde, técnico de terapia respiratoria
clave verde.
No
podía llevarlo conmigo a todas partes, tenía que dejarlo en la
casa, acomodado en algún rincón, pero me mortificaba la idea de
salir y dejarlo solo, esperando por mí, él, que ya sabía lo corto
que era el tiempo. Al principio lo mantuve amarrado a una silla,
frente a la mesa. Pero luego lo transportaba conmigo por toda la
casa. Qué doloroso era mirar su cara amarilla y dura, sus ojos
abiertos y su boca buscando aire.
La
hora de la comida se volvió un espectáculo de insalubridad.
Sentado, mirando al vacío, ponía la mano derecha sobre la mesa y
rehusaba probar bocado. Los gusanos habían comenzado a salir por los
orificios de su cuerpo y el olor nauseabundo de su piel descompuesta
invadía mis fosas nasales, induciéndome al vómito. Todo el
alimento servido terminaba en la basura. Después preparaba café y
volvía a la mesa. Aunque él no decía palabra, todo lo que yo
hablaba le parecía bien.
En
verano su olor fétido aumentaba, sobre todo en agosto. El pelo, ya
más negro, por un extraño motivo comenzó a transpirar, y parecía
que tenía gotas de rocío en la cabeza. Se me hizo complicado
vestirlo, así que lo cubrí con una manta.
Decida
qué ropa le quiere poner, no serán necesarios los zapatos, el
proceso de embalsamamiento tarda alrededor de dos horas.
Lo
más difícil de mantener en la normalidad fue el sexo. Mis
encuentros ocasionales se vieron accidentados a causa del cuerpo
indeseable que cargaba conmigo. Con mi cuerpo en posición de perro
sobre la cama, el hombre se retorcía de asco viendo el cadáver
reclinado en una esquina mirando hacia la pared. Me agarraba las
nalgas y empujaba con fuerza mientras miraba al techo sosteniendo la
respiración. Luego exhalaba y gritaba ¡oh,
Dios! Yo
intentaba distraerme de la imagen del cadáver, exagerando mis
gemidos, pero el olor putrefacto invadía todo mi ser. El hombre se
marchaba con un te
veo luego. Yo
me sentaba en la escalera de la cocina a fumarme un cigarrillo y a
mirar los pájaros picoteando los mangos que se caían al suelo.
Así
pasaban los días y me aterraban las noches, en espera del momento
decisivo para enterrarlo. Yo quería dejarlo conmigo otro día más.
Puedo
ponerlo por ahí, donde no estorbe.
¿Me
verá llorar? ¿Me verá? Preparé
una cama en el piso con un edredón. Puse una almohada y una sábana.
De noche dejaba la televisión encendida a bajo volumen y dormíamos
él y yo bajo la tenue luz azul y las voces susurrantes. Me
estremecía la sensación de imaginarlo bajo tierra, la ceremonia de
bajar el ataúd, las sogas hiriéndome las manos, las manos que me
sangran y que trato de limpiar una con otra para poder quitarme la
tierra que me cae en los ojos, porque es tanta la fuerza que empleo
para bajar el féretro que caigo al vacío, rendida. Luego despierto
aturdida por las cortesías de los saludos fúnebres.
Llegó
el día. Él hacía rato que se había levantado, y estaba sentado a
la mesa del comedor, vestido con manga larga y corbata, listo para
salir. La piel había comenzado a desprendérsele de las manos y eran
visibles sus falanges. Guardé en el armario la cama improvisada. Fui
a la cocina y me preparé un café. Al sentarme a la mesa tropecé
con la silla y el café bailó en la taza.
El
hoyo me parecía muy estrecho para el tamaño de la caja.
Quise
preguntarle para dónde iba, pero en lugar de eso preparé desayuno
para ganar tiempo. Hice huevos revueltos con panceta y queso fresco y
corté rebanadas de pan dulce que puse a calentar en el sartén.
Recordé que había mangos de miel en el patio así que fui por unos
para servir trozados sobre las rebanadas de pan. Él esperaba sentado
a la mesa, irrebatible. Yo entraba y salía de la cocina, tratando de
retrasar la mañana todo cuanto pudiera porque sabía que una vez
sirviera el desayuno el final estaría cerca. Ya él estaba vestido y
se tenía que ir. Ya no lo vería más. Entonces sería solo la sospecha de una presencia, un susurro del viento.
Ahí
iba metido en esa caja, ahí metido con el sol que hace, metido en
esa caja con las manos cruzadas, a lo mejor quiere moverse y no
puede.
Salió
caminando como mejor pudo hasta la puerta, dejando un rastro de
fluido gelatinoso y maloliente. Llevaba la camisa blanca manchada con
sus secreciones, y tratando de apoyarse en la pared sus falanges
cayeron al piso. El sonido de los huesos todavía retumba, día tras
día, en mi cabeza. Crucé la puerta detrás de él. Recuerdo que ya
era mediodía cuando por fin pude enterrarlo.
Abrí
mi mano sobre la mesa y sentí la madera fría. Bebí el último
sorbo de café. Me quedé un rato mirando las sobras del desayuno.
Recosté la cabeza en el arco incómodo de la silla. Cerré los ojos
y la casa me fue cayendo encima, oscura y angosta, como una tumba.
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| Obra de Léon Spilliaert |
(Cuento seleccionado para la edición Penumbria Corporal de la revista Penumbria #63. Esta entrada contiene correcciones posteriores a la publicación en Penumbria)